Entre senderos que se estrechan sin aviso, Caperucita avanza.

No hay migas de pan en esta historia. Nadie vino a enseñarle cómo salir.

A primera vista, no existe amenaza. Se desliza entre susurros, promesas tibias y una dulzura capaz de adormecer los instintos.

El lobo conoce el gesto exacto que hace dudar a su presa de lo que ha visto, de lo que ha oído, incluso de sí misma. Lo ha estudiado. Lo ha aprendido.

Es el arte de la caza.

Y, aun así, ella avanza.

El lobo todavía no muestra los dientes.

A veces sonríe. Habla bajo. Acaricia con palabras nacidas de la misma boca que un día utilizará para destripar.

¿En qué momento dejó de ser un cuento?

Ni ella misma lo recuerda con claridad. La memoria se le escapa entre los dedos como ceniza.

Hay un instante, casi imperceptible, en el que algo dentro de Caperucita se quiebra… o quizá despierta.

Un cruce de miradas. La inocencia se retira y deja en su lugar una certeza que ella todavía no se atreve a nombrar.

Y entonces lo ve.

El lobo ha mostrado los colmillos.

Su sonrisa afilada ya no necesita disfrazarse de ternura. La máscara ha caído y ahora la tiene entre sus fauces, como una araña ha ido tejiendo una envoltura que la paraliza, no la deja pensar, ni respirar, Caperucita está lista para ser devorada.

Mientras tanto. El bosque observa.

El bosque calla.

En ese silencio espeso, el tiempo se contrae. Todo converge en un único pulso —breve, brutal, irrevocable— donde el relato se desgarra.

Desde un lugar remoto, casi extinguido, emerge un sonido.

No viene del exterior.

No pertenece al bosque ni al lobo.

Es un eco antiguo, enterrado en lo más profundo de su ser: el rugido del valor cuando la supervivencia lo llama.

Y desde ahí salta al vacío.

El cuento había reservado para ella la muerte.

Caperucita elige una oscuridad en llamas.

Allí, entre las brasas de lo que fue, algo despierta. Un cuerpo hecho de ceniza y fuego, de memoria y furia contenida, despliega unas alas cuya existencia desconocía.

El bosque, testigo mudo, ya no la reconoce.

Porque la niña que entró entre sus árboles ha desaparecido.

Ahora, una criatura incandescente sobrevuela las copas.

Y en el rastro de fuego que deja a su paso permanece una certeza que ningún depredador podrá volver a tocar:

Hay fuerzas que solo despiertan cuando se ven reflejadas en los ojos del lobo.

A todas mis Caperucitas. A todas mis Supervivientes.

M. Z.

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